domingo, 13 de diciembre de 2015

HISTORIA I: La reina de la lluvia. Capitulo 23 "La hija horrenda" (capitulo especial de navidad)


" La hija Horrenda"
La tierra no suele ser gobernada por los mas poderosos…
…pues el verdadero poder  radica en  la cosas mas pequeñas. Diminutas, impredecibles, minúsculas y frágiles ante los ojos del poderoso universo, capaces y con escasos recursos, ser el motivo de una oleada de cambios sin precedentes…  “Una sola piedra puede hacer sucumbir toda una civilización entera en el mas profundo de los abismos, y al mismo tiempo, ser la razón por la que salir del reino de la oscuridad ”.
En ellas, es donde radica  la pureza de la vida, la fuerza mas poderosa de todas, la que mueve la rueda de todo el majestuoso mecanismo de todas las cosas tanto en el imperio celeste como en la tierra.
Todo transcurre de la misma forma, como tantas veces y desde los confines de todos los tiempos; una  simple y  pequeña “cosa”, desapercibido, como una semilla que cae en la tierra, y en su total oscuridad, germina para convertirse, con el devenir de los años, en un poderoso árbol capaz de nutrir la tierra con sus potentes raíces, ofrecer cobijo y sus deliciosos frutos, que muy a pesar de ser ingeridos, sus hijos o semillas estarán siempre predestinadas a poblar la tierra. Como si todo estuviese preparado, como el más audaz de los maestros de la estrategia,  “ni mucho ni poco”, tan solo lo suficiente para que todo trascurra “con calma y perseverancia”.
El amor, sin duda, es el poder más grande de todos. Pero existe otro más poderoso que  ese familiar sentimiento, lo que hace que las cosas mas pequeñas sean tan importantes. Y es “La esperanza”.

En los antiguos tiempos, cuando la tierra era gobernada por los hijos de los dioses, los hombres vivían en pequeños grupos de aldeas.
Eran tiempos tranquilos, “la edad de los maestros” en el que “los orellabaks” enseñaban a “los simples”; el saber de la tierra y la utilidad se sus tesoros los minerales, la apreciación de la especie floral y sus atributos medicinales, el respeto por los animales desde los mas gentiles hasta los mas fieros. Y por ultimo, la adoración de los dioses, los padres de los orellabaks.
Pero la felicidad, con el devenir de los años, reclama su  sacrificio. Un alto precio. La edad de los maestros, duro siglos y generaciones, hasta que los celos hicieron mella en los hijos de los dioses.
Los orellabaks eran inmortales, con poderes capaces de desafiar a la propia naturaleza, altos y esbeltos, gentiles con lo que les rodeaba y  gobernantes de “los simples” o los hombres.
Con el tiempo, comenzaron a sentir el deseo de poseer el don de “la descendencia”. Ellos simplemente “No podían”, ya que lo tenían prohibido por sus regentes los dioses.
La doctrina que hacia que el mundo celeste y la tierra tuviera su propio equilibrio, no les permitía relacionarse entre sus semejantes. Conocían el amor de una forma diferente,  el amor incondicional “a todas las cosas”, pero no el amor conyugal. Pero la convivencia con los humanos, hicieron que en lo mas profundo de su inmortal cuerpo, comenzase a palpitar ese deseo imposible de convivir.
La contienda, con el devenir de los años, ya estaba servida. Primero, la guerra entre los que defendían ese derecho de la vida y la capacidad de poder querer al prójimo de una forma diferente y por consiguiente crear su propia descendencia. El otro bando, muy devoto de sus regentes los dioses y en contra del pecado original; “Los orellabaks no podían crear sus propia dinastía. Ellos eran los herederos de la tierra y los hijos de los dioses”.
Cada vez la tensión incrementaba y la tierra abastecida  reclamaba su tributo de sangre sagrada.   Los tambores sonaban por todas partes, La guerra entre los semejantes estaba a punto de comenzar.
Todos los hombres y mortales se ocultaron en las moradas de las dunas blancas, donde las nieves eran perpetuas todo el año. En las profundidades de las montañas, se podía escuchar los gritos que hacían temblar las rocas.
Tras meses de batalla sin descanso, la guerra y el cansancio reclamo su merecida tregua. Los orellabaks, por sorprendente que fuera, habían dejado de sacudir la tierra.
Ni ganador, ni vencido. Todo quedo en  absoluto silencio.
Como si los hijos de los dioses nunca hubieran existido.
Entonces, al salir el sol por las laderas, los hombres ocultos en las cuevas salieron y comenzaron otra vez a construir sus pobres vidas.
Primero, en pequeños asentamientos. Después, las cabañas de adobe se transformaban en piedra y paja. Finalmente las ciudades con sus respectivos puertos comerciales y gobernantes como terratenientes o alcaldes.
Todo transcurría como la vida que se abre paso atravesando el lecho rocoso. Era como si todo no hubiera pasado nunca, y la presencia de los orellabaks una historia que contar al agraciado fuego de chimenea.
En ese tiempo, cuando los hijos de los dioses no eran mas que mera leyenda, en unas de las montañas del gran valle, vivía un herrero llamado “Ludeus” con sus cinco hijas.
Encima y  varios cientos de metros de una cámara de lava volcánica, Ludeus, disponía de su herrería; Un caserón a las a fueras del pueblo mas cercano y  con pequeñas parcelas de cultivo. Una pequeña cascada como un pequeño salto del río que provenía de las heladas montañas, “la encrucijada del arca” junto a las aguas termales. Un lugar sellado por la historia de los antepasados cuando tuvieron que huir por sus vidas tras las infinitas tormentas provocadas por los dioses.
Cierto o no, Ludeus, atendía las herramientas de los campesinos y los leñadores, mientras que sus hijas cuidaban a las bestias de campo, cabras, ovejas, gallinas, bacas y cerdos.
Todas ellas habían heredado los atributos de su difunta esposa, una mujer muy alta y hermosa, blanca como la nieve y ojos verdes claros como el forraje de las praderas tras la tormenta y recién salido el sol.
Pero la más pequeña de ellas, era la mas bonita de las 5. Manos  finas y pequeñas, desgastadas a pesar de su temprana edad, una niña que había crecido sin el calor de su  madre y  que  sabia realizar todo tipo de tareas; desde la costura hasta el duro trabajo de la tierra. Su rostro, el mas hermoso y la envida de sus cuatro hermanas.
No era extraño, que cada 3 dias, un mozo se presentase a la cabaña del herrero en una de las cimas de la montaña de la comarca. Los leñadores solían pasar cada atardecer por la encrucijada del arca, y siempre veían a una de las hijas del herrero tender las ropas o pastorear con los animales.
Jóvenes, hermosas y trabajadoras. Todo lo que un hombre pudiera desear estaba en la encrucijada del arca.
Las primaveras pasaban deprisa, y en la puerta ramos de flores  con atuendos gravemente perfumados y elogios entre palabras temblorosas intentando ser rimas y sonetos.
Pero la mas pequeña, siempre se quedaba atrás. Y nadie la veía.
Visita que venia, ella siempre quedaba oculta detrás de sus hermanas mucho mas mayores. Tan solo se quedaba con aquellas migajas y cuchicheos en plena madrugada, cuando sus hermanas terminaban de hablar de sus experiencias románticas con aquellos supuestos pretendientes.
Al principio, parecían interesantes. Pero con el devenir de los inviernos, ella comenzó a desear  y experimentar esas sensaciones. Incluso tenia un perfil; el adecuado y el que seria su esposo hasta el fin de los días… Tan solo le preocupaba una cosa ¿si ella se casaba que seria de su padre? ¿Quién le cuidaría?
Eso le entristeció, y cuando las visitas llegaban al umbral de la puerta, ya no hacia falta tapar a la mas pequeña de las cinco hermanas, ella misma se dirigía a la cocina sin haber trabajo por hacer.

En el pueblo, se hablaban de las hermosas hijas del herrero, entre enfrentamientos en la taberna. Todos los pretendientes eran merecedores de poder tener una de las hermanas como esposa. Había de toda clase, desde los que podían aportar como dote cuatro cabras y una baca, hasta caserones y bastas tierras de cultivo. En aquel lugar, en las fiestas populares, las rivalidades entre ellos acababan por ser el merecedor de la mano de una de las hijas del herrero. A los hombres de la comarca, no les importaba el grato premio de los torneos, ya que era más valioso la popularidad que cualquier botín.


La fama de aquella localidad, llegaron a los oídos de la alta sociedad como la existencia de las hijas del herrero, las mas hermosas del mundo entero.
A las puertas del caserón, ya no llegaban solamente jóvenes del campo, pues tras el viejo portón de roble, comenzaron a presentarse jóvenes de alta alcurnia: hijos  señoríos de extensas tierras y herederos de hombres poderosos.
Todos prometían enriquecidas dotes a cambio de la mano de una de las hijas del herrero. Pero ninguna aceptaba.
Como si con todo aquello, entre  costosos regalos y elogios de hombres apuestos, ellas disfrutasen simplemente por ser admiradas. ¿Tal vez buscaban al esposo ideal? La cuestión es que no importaba su estatus social, campesino o noble, todos eran rechazados.
Y la admiración, a causa de la desaprobación por parte de ese pequeño comité de hermanas, hacia que creciese aun mas el ansia de conseguir la mano de una de las hijas del herrero.
A pesar de todo, la más pequeña de las cinco, jamás fue contemplada. Y por ende, nadie sabía que existía.
Hasta que llegó ese día.
Por primera vez, se celebraban las fiestas del pueblo y el alcalde reclamo la presencia del herrero con sus cuatro hijas y la más pequeña se quedo en casa.
Ya no era tan pequeña, pues los años, la habían transformado de una jovencita de 10 años a una mujer madura de 17 años. Sin embargo, era considerada en la familia como si los inviernos y las primaveras no hubiesen pasado. Su padre, amaba a las cinco, pero su pequeña era su “pequeña” el orgullo de la familia.
Ludeus, le dijo a su hija antes de irse: “.- no habrás la puerta a nadie, si escuchas 3 golpes seguidos y una puntada, es que somos unos de nosotros.”

Aquella misma tarde, el tiempo en la montaña comenzó a ser extremo y los leñadores tuvieron que bajar de los bosques. Todos estaban en las fiestas populares, pero algunos decidieron aprovechar la tarde para adelantar el trabajo tras varios días de festejo.
La tormenta de nieve no dejaba ver con claridad y un grupo de jóvenes se perdieron en la fría noche.
En la casa del herrero, las calderas permitían que las paredes frías estuvieran calidas. La hija más pequeña de Ludeus, escucho en ese mismo instante tres golpes en la puerta. Y cuando estuvo esperando la puntada, una voz temblorosa reclamaba su auxilio.
¡OH no! ¡Era la voz de un hombre tras la puerta! No podía abrirla sin más. Ella le hizo una promesa a su padre.
Pero la curiosidad, le obligo acercarse al ojo de la puerta; una especie de celosía tapada con una lona para que el calor no escapase.
Era una figura de nieve, parecida a la de un joven. Temblaba de frío.
La pequeña de las cinco, se apiado de aquella pobre alma en pena. Y entonces…
¡Abrió la puerta!
Su cuerpo tremolaba de frío y ella le acerco una manta. En aquel momento las manos de ella toco las suyas, manos grandes y fuertes, estaban frías como el hielo.
Sus ojos negros se clavaron en la mirada de la pequeña de las hermanas. Los dos se quedaron mirándose, como si estuvieran contemplando algo que no podían explicar…

La ventisca llego al pueblo.
Las fiestas populares junto con el mercado artesanal se tuvieron que cancelar.
Ludeus, sabía muy bien que no podía contar con sus hijas mayores para recoger todos aquellos artículos de forja para el hogar. Así que mientras ellas se dirigían a casa, el herrero comenzó a cargar todo el ajuar en su carro.
No había problema en quien les iba a llevar a casa. Pues entre los pretendientes se disputaban el merito y la caballerosidad de complacerlas en llevarles en su hogar.
Mientras que se dirigían hacia allí, las cuatro hablaban de lo frustrante que había sido el evento y maldecían al tiempo de haberles quitado el protagonismo en un dia tan especial como era ese.
¡Estaban pero que muy, muy, muy furiosas!.

Al llegar a casa, las cuatro hermanas que discutian entre ellas cual era la mas hermosa, vieron a la pareja frente al fuego. El silencio se hizo aterrador. La tensión se podía cortar con el filo de una navaja….
Ella tan distinta a las demas. “La pequeña” la de los ojos tan azules como el cielo, la de los cabellos dorados como los hilos de la mañana que atraviesan las ventanas. Muy distinta de los ojos verdes de sus hermanas y de cabellos negros como la cortina de la noche.
En aquel instante, la puerta se cerro. Y en el gran habitaculo o comedor, el frio ganaba presencia al calor del fuego a tierra de la chimenea. Una corriente de aire casi apaga las bastas flamas de la crepitosa y calida fogata.

Ludeus, seguia el camino hacia su querido hogar. Amaba a todas sus hijas por igual. Pero la pequeña, tenia algo especial que les diferenciaba de las demas. No era el tono de sus ojos que se parecian a los suyos, al igual que su desaliñado cabello rubio. La mas pequeña habia heredado los atributos de su madre, pero los rasgos faciales se parecian mas a Ludeus. ¿Dónde podría encontrar a un hombre capaz de protegerla y respetarla como se merecia? Una jovencita como ella, debía de tener un esposo capaz de ofrecerle todos esos recursos necesarios para que su vida y la de su prole fuera segura. ¿pero quien?
Ludeus, le preocupaba una cosa. Que si la pequeña encontraba marido, el estaria al desamparo de sus cuatro hijas. La pequeña sabia cuidar de el. Atendia a su medicacion, le lababa los pies cuando aquellos dolores de espalda le impedian agacharse. No sabia que hacer… y tampoco creia en los jóvenes que solian merodear por sus terrenos…

La tormenta habia amainado. Y el camino se prestaba como un manto blanco sobre la hierba. Un hilo de humo se asomaba avisando que su hogar estaba proximo. Estaba cansado y solo esperaba aquella atención de su pequeña y el caldo tan delicioso que solia preparar en tiempos tan combulsos como esa tarde de tempesta invernal.
Pero, para sus adentros, algo le hacia saber que las cosas no andaban bien en casa ¿pero… el que?

Al acercarse a la encrucijada el arca, escucho unos gritos.
Sin pensarselo dos veces, Ludeus, espoleo al caballo y su carreta comenzo a ir mas deprisa.
Los ojos claros del herrero, temblaron de terror al contemplar aquella escena dantesca: los rostros de las cuatro de sus hijas estaban arañadas, como si un oso las hubiera  señalado con sus zarpas. Todas lloraban de miedo. Menos la mas pequeña de todas.
Arrinconada. Intacta. Y con un espantoso detalle, “¡sus manos  y boca estaban manchadas de sangre.!” Ojos terroríficamente blancos, como si estuviera poseída por algún diablo. Temblando, en la esquina, y con el cuerpo del joven leñador en sus pies.

Todo cambio para Ludeus y sus hijas. Nadie del pueblo queria saber nada del herrero y de su alocada hija “la endemoniada” la que le quito la vida al leñador y señalo a sus hermanas como una criatura de las llanuras.
El castigo a la pequeña, fue decisibo: todos queria matar a la pequeña de las cinco hermanas. Todos menos Ludeus.

Un padre, siempre protege a su familia. Y tratándose de la hija mas pequeña, no dudo en proponer al juez del comité de las familias, en imponer un castigo justo para su hija.
El de llevar una mascara de hierro en su rostro por el resto de su vida.
Todos contemplaron la propuesta de Ludeus. Y a regañadientes aceptaron el destino de la pequeña.

En el cadalso, un crisol. Junto a las brasas, una mascara forjada por su padre el herrero.
Ante la presencia de todos, el verdugo, coloco la mascara incandescente en el rostro de la pequeña.
Y 10 hombres fornidos tuvieron que sujetar a Ludeus aquel día.

El tiempo transcurrió por entonces…
Todas las noches, Ludeus se despertaba con aquel cadalso y los gritos de su pequeña.
Todo era distinto. Sus cuatro hijas habían conseguido marido durante los años venideros. Y por consiguiente a su trabajo, ya no se dedicaba a la forja. Su corazón destrozado por lo que le había hecho a su pequeña no le permitía esa precisión con el martillo cuando templaba las herramientas de sus clientes. Ludeus, era pastor. Y la tornas en el hogar había cambiado. Pues era ahora el quien cuidaba a su pequeña.
Una jovencita, sin aquel dorado cabello. Paralizada. Ludeus, a veces pensaba que tal vez hubiese sido mejor abandonarla a su suerte, pero lo que le esperaba a una jovencita de su edad, no era simplemente la horca, pues la leyes de los hombres en cuestiones de asesinato era muy escrupulosas, por no pensar lo que le hubiesen hecho en el zulo aquellos alguaciles sin honor y respeto. Pero un padre es un padre.  

Las primaveras seguían a los inviernos, y la actitud de la pequeña parecía mejorar.
Nadie se acercaba a la encrucijada del arca.
Hasta que un grupo de soldados, se acercaron a la casa del pastor Ludeus.
Hombres altos, con armaduras extrañas. Sujetos marcados o pintados con símbolos muy antiguos.
Buscaban al hombre que se junto con una orellabak. Al que conocía la técnica de la forja antigua.
Ludeus contesto.- ¿Quién pregunta por el?
El sujeto que parecía mucho mas alto que los demás y con armaduras mas elaboradas, le contesto: .- ¿Eres tu, el mortal que huyo con uno de nuestra especie?

Ludeus reconoció los símbolos. Un vocabulario que solamente un autentico orellabak podía responder.
Así que, el antiguo herrero le hablo en “orellabak”. Y el general o capitán de aquella escolta le respondió perfectamente.

.- Quiero que hagáis una espada para mi rey.
Ludeus, se percato, de que su pequeña estaba tras el.
El general, le pregunto: .- ¿es vuestra hija?

Ludeus tenía que tener mucho cuidado. Pues, como todo conocedor de la guerra entre semejantes que aconteció mucho tiempo se debía a que los orellabaks no podían tener hijos y mucho menos con un mortal.
.- No os preocupéis. Nosotros defendemos la posición de “la primogénita”. ¿Por qué lleva una mascara de hierro?
Ludeus, no le quiso seguir la conversación. El sabia que debía guardar las apariencias. Sabía también, que los orellabaks poseían el conocimiento de la sanación. Aquella era una oportunidad de redimirse con su pequeña para devolverle su rostro habitual.
Lo que no sabia, es que los orellabaks sabían leer la mente de “los simples” los hombres.
.- Comprendo… Si hacéis bien vuestro trabajo, le devolveré a tu hija su rostro.
Ludeus acepto. Y el contrato quedo sellado con un abrazo de manos y codos.
.- vuelve al caer las primeras nieves. (Dijo Ludeus a regañadientes)

Si algo debía de saber de los orellabaks masculinos, es que eran de poco fiar.
Así que, a la mañana siguiente, Ludeus fue al bosque con su carro para llenarlo de leña. Encendió de nuevo las calderas. Y fue en busca de ese mineral tan apreciado por los hijos de los dioses.

Al caer las nieves. El general volvió a la cabaña del herrero. ¡Aquella espada era esplendida! Un buen trabajo sin lugar a dudas.
A si que, el general le contesto.
.- Quiero que me hagas un escudo capaz de soportar el golpe del acero de los orellabaks.
Ludeus, que esperaba el pago acordado no dudo en contestarle. .- ¿Qué hay de mi hija?
.- ¡Por supuesto! Dejad que venga con nosotros…. Y el sanador real se ocupara de su rostro. Te devolveremos a tu hija sana y salva con el rostro que tenia antaño.
.- Pero eso, es el pago, de la espada. ¿y El pago del escudo?
El general se reía. Después le contesto.
.- Me casare con ella. Y su descendencia será digna y honorable.
.- No entiendo una cosa… todos los hombres saben que los orellabaks dejaron de existir ¿Por qué de repente hay uno interesado en que “un simple” como yo haga el trabajo de los herreros orellabaks?. Ellos son  los verdaderos maestros. Los que deberían hacerle este trabajo.
El general, se había subido al caballo. Y tras coger a su hija y ponerla detrás, le contesto.
.- La contienda entre los semejantes no ha terminado. Ya solo quedamos nosotros. Os recomiendo que tras vuestro trabajo os ocultéis de nuevo en las dunas blancas de las frías montañas. Esta guerra va a ser más cruel que la anterior.
.- ¿¡Que!? ¿! Que volvéis a estar en guerra!? Pero… ¡ lo destruiréis todo! Y tendremos que comenzar de nuevo….
El general, se dirigió al herrero. Y fríamente le contesto…
.- Pues… ¡escondeos!. Vos conocéis la forma de preservar la edad, a diferencia de los demás hombres… acatad las ordenes y cumplid con vuestro encargo. ¡“Simple”! Espero mi escudo, a las próximas nieves… “herrero”.

Y tras el primer invierno, vino la primavera y después el verano que reclamo al otoño… Al llegar el invierno.
El general vino sin su hija.
Ludeus, furioso, no dudo en preguntarle.- ¡¿y mi hija?! ¡Me prometiste que vendría contigo!
El general, sin molestarse y con calma le contesto.
.- ¿Donde esta mi escudo?

Ludeus saco un objeto cubierto por una tunica vieja. Tras desvelar lo que escondía, el general cogió la espada que había forjado Ludeus y golpeo el escudo.
El filo de la espada se quebró rompiéndose  por la mitad.
.- ¡Perfecto! Sois el mejor herrero que jamás haya tratado!
¡Vos y yo nos espera un futuro glorioso!
.-¿Qué hay de mi hija? (Insistió Ludeus)

El general le contesto. Pero exponiéndole un ultimo encargo, y confesando la verdad de quien era realmente.
.- No soy quien dije que era. Desde siempre he estado al servicio de los dioses. Mi ejercito se encarga de capturar a todos los orellabaks insurgentes que van en contra de la doctrina de “la primogénita”. Lo siento… mentí.
Quiero que me hagáis todas las espadas y escudos que pueda forjar vuestros hornos. Por supuesto os dejare a mis soldados a vuestro recaudo para que ellos trabajen con vos.
Ludeus tubo que ser sujetado por dos orellabaks para no romperle la crisma al general. .- ¡Hijo de perra! ¡Mal nacido! ¡Devolverme a mi hija!
El general sin escrúpulos, se acerco hasta Ludeus, y agachándose hasta llegar a su altura…
.- Herrero..Herrero…herrero… vuestra hija, será el siguiente pago por el pedido que os acabo de presentar. Los sanadores, no pudieron hacer nada por ella… y no puedo casarme con una “simple” con el rostro marcado por el acero. Su mascara de hierro esta tan adherida al rostro que si se la quisiesen quitar moriría al instante.

El tiempo transcurrió por entonces. Noches sin dormir, todos los días recogiendo leña en el bosque, y picando el mineral apreciado por los orellabaks en las minas de las montañas olvidadas.
Al llegar el invierno de nuevo, el general venia con un basto ejercito. En la encrucijada del arca, 20 soldados reventados de tanto trabajar junto a un herrero que no se podía mantener en pie.
Esta vez, el general cumplió su promesa.
La pequeña de las cinco hijas con una mascara de hierro en la cara, se acerco a su padre corriendo. Los dos, por fin estaban juntos de nuevo.
Ludeus, intentaba abrazarla pero sus brazos estaban agotados al igual que sus piernas.
.- Habéis hecho un buen trabajo, “simple”. Estoy sorprendido. Y por ello os ofrezco a vuestra hija horrenda.
No os puedo castigar. Ya que vuestra esposa no esta con vos y en cuerpo presente. Muy distinto hubiera sido si ella siguiera con vida. Pues la gracia de nuestra ley hubiera caído en vuestra familia pagana.

Una vez conseguido el propósito de aquel mal nacido orellabak, y su  ejército se dirigió a la contienda de los semejantes.
Ludeus estaba feliz, por que había recuperado a su pequeña.

Al llegar la primavera. El padre herrero, volvió a pastorear su rebaño y olvidarse de la forja de nuevo.
Pero antes debía de contarle un secreto a su pequeña.
Uno de esos, que no se pueden contar a la ligera.
Así que los dos, en una buena mañana, se dirigieron a las montañas olvidadas. Donde en una de las grutas, le dijo a su hija que entrase ella sola.
¿Qué extraño? ¿Por qué el no quería entrar?
En aquel día, los orellabaks habían vencido a sus semejantes. El general, había conseguido radicar a los insurgentes. La ley era bien clara “ningún orellabak podía abrazar “ la primogénita” y la relación con los semejantes estaba penada por la doctrina del valle.
Todos los hijos de los orellabaks debían de ser  tapiados  y encerrados en las montañas del olvido por siempre jamás.
Ludeus, no era una excepción.








La pequeña y su mascara de hierro, en el acceso a la caverna, contemplaba a un padre desvalido. Como si algo le preocupase…
Ludeus, le dijo:
.- En lo profundo de esta cueva encontraras a alguien de la familia que todavía no has conocido aun.
.- ¿Mama?
Ludeus, sin tener valor de mirarle a los ojos, retrocedió hacia atrás… resbalando sus bastas y ásperas manos por las blancas palmas de la pequeña.
La pequeña de las cinco no entendía que estaba pasando, pero su intuición le hizo mirar hacia aquella oscuridad.
 Y En aquella penumbra, una especie de figura femenina, una silueta con cientos de escamas perladas que  brillaban con la tenue luz que venia desde el principal acceso hacia la cueva.
.- Acércate…no temas… ¿ y dime? Si te preguntase… ¿Qué es lo que mas deseas en este mundo que me responderías?



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