sábado, 4 de julio de 2015

HISTORIA I: La reina de la lluvia. capit. 17 "Meritriz"



"Meritriz"
(Florencia, 1433)
El comandant, abría los ojos…  aun quedaban restos en el cuello de aquella mujer de aquel narcótico negro y dulce. Su esencia tan peculiar de difícil olvido  le había hecho recordar un encuentro con el pasado…..
 En Roma, los gladiadores del “Circus Maximus” le llamaban “Ilusinium”, conocido por las familias romanas de alta alcurnia  como “La sangre de Hera”, una droga que se utilizaba para  establecer una conexión completa con el dios de la prosperidad y la fuerza, un ritual pagano donde un mastodonte o toro era sacrificado para honrar a “Mitra” y proporcionar protección al soldado antes de entrar en combate…
Un alucinógeno  implacable y mortal en altas dosis, la ingesta de 5mml sin diluir, el sujeto llegaba a percibir una realidad fuera de contexto, dado por que el celebro  perdía toda su sustancia blanca en cuestiones de segundos, comprimiendo y exprimiendo todo el sistema nervioso  del rostro. El resultado final era una cara fantasmagórica; sin ojos, por que los globos oculares  habían sido absorbidos para dentro, el narcótico creado por las esporas de un tipo de hongo que se reproducía en las entrañas de las cuevas mas húmedas, reducía la masa cerebral hasta un punto que los nervios de la boca se rompían, dejando  una mandibula suelta y desencajada.  En dosis diluidas en vino tibio, provocaba valor y una cierta negación al miedo, comportándose como un autentico sádico, en un depredador sediento de sangre.
La droga, no podía acabar con el. Sin embargo la tortura hizo que maldecirá, durante mucho tiempo, su suerte de no poder morir. Cuando una victima recibe esa dosis letal, tan solo percibe unos instantes en forma de experiencia, ilusiones e imágenes que perdura durante todo el proceso, sin experimentar lo que le ocurre al cuerpo cuando ese alucinógeno contamina el celebro.

Sir Robert, reconocía aquellos síntomas y sus secuelas. Es algo que no se puede olvidar tan fácilmente:  dolores de cabeza, alimentarse durante semanas mediante jugos de frutas y papillas de verduras  es algo que es preferible olvidar. Intentar comer con una venda en la mandíbula, como si te hubiesen extirpado  todas las muelas en una sola noche hace que llegues a despreciar la comida. También tubo que aprender a vivir durante unos años, como un miserable y lisiado, un tullido de la vista que había perdido toda habilidad para defenderse de lo que era incapaz de ver. Su medico, un pastor cerca de Jerusalén, al ver a sir Robert en el fondo del barranco sin ojos y con las extremidades rotas creyó que fue una victima mas de esos bandidos de las arenas del desierto. Su medico le llevo a su casa, un campamento berebere cercano a las murallas de Jerusalén, donde el comandant aprendió  a percibir todas las cosas con la ayuda del olfato, oído y el tacto….

En aquel instante, una guardia de 50 hombres se aproximó a la Piazza. Sir Robert, no descuido ni un solo instante, antes que llegase aquel grupo de soldados para llevarse el cuerpo, se apresuró a analizar al joven  que se encontraba a tres metros de distancia de donde estaba la doncella.

Monpellier, no podía comprenderlo, como aquel catalán, podia explorar el cuerpo de fallecido con una facilidad y sin importar el hedor que se sentía incluso desde allí, como un perro husmeando en los restos y desechos de  la carnicería del mercado. Sin embargo, aquel sicario se merecía una reverencia ante su incuestionable valor.
Sir Robert, no poseía conocimientos de medicina. Reconocía el cuerpo por las experiencias vividas tras largos años  de aprendizaje. Su maestro, el hábito constante de la vida y sus entresijos, le permitió  nutrirse de un saber muy curioso y especial; “el talento del necio” que nada sabe y que aprende al observar y almacena en su mente esos pequeños recuerdos como los legajos y notas de un verdadero estudiante. El cuerpo y su  tremenda herida pectoral le recordaba a un hecho en Tebas, un esclavo en particular que había sufrido un accidente en la vía publica por parte de una carrera de cuadrigas. La rueda mal encajada al eje del carro, había salido propulsada hacia una de las esquinas de las casas de adobe de la ciudad egipcia, rebotando con tanta mala suerte, que las astillas de media rueda fueron a parar al pecho de la victima. El esclavo del sacerdote del templo de Osiris, debió ser muy importante, ya que paso varios meses en cama con imposición de gasas impregnadas de ungüentos muy caros. Lo sorprendente de todo, es que las heridas fueron devorando parte de la piel, aquellas llagas se hicieron tan grandes que el cuerpo había creado una fina capa que permitía contemplar los órganos vitales de aquel pobre hombre: el corazón palpitaba maravillosamente junto con unos pulmones que se inflaban al respirar. Aquello era horrendo y a la vez hermoso, ya que se contemplaba la vida en estado puro.
Sir Robert, sabia que, al cuerpo del crimen, le faltaba el corazón. No solo eso. Los órganos colaterales, se podía percibir una especie de señales, las mismas que se presencian cuando se corta la carne con un cuchillo, esas huellas moradas y brillantes al ser tocadas por la tenue luz de la mañana, cortes precisos y realizados con una fuerza sobrenatural, fuerte e implacable, como la garra de un halcón o un tipo de ave rapaz.
.- ¿Qué tipo de criatura es capaz de hacer algo así? (Se preguntaba mientras observaba a los dos cadáveres en una prudente distancia.)

Aquella escena era cruel.
Por una parte, los dos cuerpos sin vida cerca de la bocacalle de la Piazza, cuyo hedor era tremendamente repulsivo, rostros dantescos a plena luz de la mañana, como una horrible escena de teatro en la que todos tenían un pase gratuito para contemplar la muerte en estado puro.
Por otro lado, un padre callado y destrozado. No faltaban las palabras. El regente y señor de los Pazzi, no dijo nada. No hacia falta. Sir Robert podía contemplar el dolor en su mirada. “Piero de Pazzi” desde su caballo era incapaz de contemplar el desafortunado destino de su hijo “Andre”, desde su montura maldecía su suerte de haber probocado aquellas muertes durante los últimos meses, pero lo que mas daño le hacia era haber  perdido a uno de sus primogénitos y el mas joven de todos ellos. Nunca imaginó que los daños colaterales iban a ser tan dolorosos.

El señor de la familia Pazzi de Florencia, era reconocido como banquero y mercader en toda la Toscana. Rival de los Medici y mecenas de gran parte de todos los distritos florentinos, con su tunica roja y de terciopelo, portando una faja y un cinturón, cuya hebilla recordaba un grado importante de alguna logia; “una especie de ave, como un cuervo con las alas desplegadas en “V” y en medio el sol y la luna menguante”.  Desde su caballo, mostraba una apariencia de seguridad y fortaleza. Por dentro, estaba completamente derrocado, una alma oscura y rota, despedazada en fragmentos muy pequeños como si fuera un jarrón de porcelana china, firme y con el esmalte craquelado. Pero el deber de un señor,  a menudo, no solo radica en disfrutar de las riquezas y de sus posesiones, el poder, conspira con la verdad a pos de un juicio ciego, a veces la justicia suele hacer trampas levantando la venda de los ojos para cambiar las tornas de los acontecimientos, ese sabor tan amargo que se siente cuando uno se ve reflejado en el espejo de la verdad, y  de que el destino promete justiciar a los que son malvados. La angustia, resecaba la garganta de Pier con tanta sutilidad, que no había suficiente saliva para lubricar su laringe, como si ya tuviese una soga al cuello y como un reo a punto de ser sentenciado, el regente de los Pazzi, contemplaba el suelo sin levantar la vista. Se delataba. Todos los presentes, percibían aquella interpretación vana y penosa.
El populacho comenzó a cuchichear en silencio…

Sir Robert, lo contemplaba… no era la primera vez, que un señor mostraba a regañadientes esa parte de humanidad, ese dolor que se agarra en el alma y que silencia la boca. Le entendía perfectamente, el sabia que tipo de sensación era aquella; “la obligación  de servir al mundo y a sus empresas, a menudo conlleva la anulación completa del propio ser”. Sir Robert, observaba aquel hombre mayor, robusto como una roca. Oía a la gente hablar… pero comprendía la situación de “Pier”, firme y pleno de grandeza, pero con el alma corrompida por el mismísimo diablo.
A sir Robert, le llamaba el reflejo del metal del cinturón,  aquel extraño símbolo en su hebilla, la de “un cuervo”…cuyo significado le recordaba a una época en que los humanos creían en diversos dioses y en la ideología de una palabra: “Roma”.  Se preguntaba, si aquellos dos cuerpos tenían algo que ver con eso. Algún tipo de “juste de cuentas” por parte de un prestamista insatisfecho o simplemente y como solía ocurrir en muchos lugares, un sinuoso ritual de alguna orden mística de la ciudad florentina. Pero…¿Por qué el corazón?

En aquel instante, el tumulto comenzó a poner a los soldados más nerviosos. Como si fuera un enjambre de abejas en un panal, las personas circundantes a la escena del crimen, se apelotonaban grotescamente. Gritaban justicia y maldecían el nombre de los Pazzi.
“Vos sois el diablo” “Os lo merecéis” “ahora pagareis vuestras deudas”
Ira, furia, y rencor, veneno que salía de las bocas de aquellas pobres gentes, reclamaban una justicia hace tiempo no saciada. “Vos sois el diablo” repetían constantemente.
El  sonido de las corazas de los soldados al golpearse entre ellos por los empujones de la plebe impedía que desenvainasen sus espadas. Algunos soldados parecían tener las fundas de las espadas oxidadas. Aquel tumulto precisaba de mas soldados y de una guarnición militar mas eficaz. Al señor Pazzi, aquello se le escapaba de las manos. Y Montpellier y Sir Robert intentaron abrirse paso entre aquella multitud.
Entre aquel publico excitado, las dagas comenzaron a verse en algunos insurgentes, cuyas caras les era familiar a Montpellier.
.- ¡Vamos messie! Esto se esta poniendo feo! (decía empujando y abriéndose paso entre los agitadores)
Finalmente, llegaron a una especie de pórtico, cerca del hostal y al lado de la taberna. ¿De donde había salido tanta gente?
Montpellier conocía la calle y sus entresijos. Cuando todos se ponían nerviosos mas vale era prevenir que estar a merced de los acontecimientos. Desde pequeño había sido uno de esos ladronzuelos que se jugaban la vida por una ración de pan, tanto en Languedoc como un mero juego para poder restar ese tiempo tan aburrido en un castillo, y en Italia como simple mantenimiento de sus habilidades de hurto y agilidad en colarse en accesos muy pequeños. A Dan Montpellier, le gustaban los retos y hacer amigos nuevos. Los ladrones profesionales, cuando querían asaltar una casa bastante acomodada, solían buscar a “mocosos” por su complejidad corporal y huesudo cuerpo. Si la situación era de un grado a considerar, sus amigos llamaban a “al Frances”, y Dan aceptaba con gusto, a pesar de estar al servicio de su mujer e hijos. Si había un guía excepcional en toda Florencia, Montpellier era la persona indicada.
.- ¿y bien? ¿Qué hacemos ahora?... (decía mientras recuperaba el aliento).
.- No creo que el señor Pazzi, nos vaya a ofrecer una reunión…. (Dijo Sir Robert mientras contemplaba como los dos bandos se enfrentaban en medio de la Piazza). ¿De donde era ella? ¿Quién era su familia?
.- ¡Santa Madonna! Ella no tiene padres… “es una ramera”. Sin embargo, se donde podríamos ir a informarnos… ¡ven!. Decidme messie…¿habéis estado en Meritriz?
.- ¿Que es Meritriz?
Montpellier se reía a carcajadas. .- ¿No lo diréis en serio?...un hombre como vos y de una reputación a considerar…
Sir Robert se puso nervioso y agarrando a su compañero fuertemente contra la pared.- ¡Dejaos de estupideces!  No tengo todo el día. Por favor… ¡instruirme!..-
.- Esta bien… pero antes debo haceros una pregunta ¿si vos fuerais un hombre con recursos y una presencia social a conservar y desearais estar con una la joven mas hermosa de Italia.. ¿Cuál seria el lugar mas idóneo?
.- Un lugar oculto, y fuera de las miradas ajenas…
.- Exacto,.. messie… “Meritriz”  (Dijo Montpellier, señalando con el pie en el suelo) “La ciudad oculta”.
Sir Robert se quedo mirando el suelo. Después se dirigió al joven Montpellier.- con que lealtad infranqueable, eh?.-

.- Creedme si os digo, que no dispongo de tiempo ni de monedas suficientes, las arcas de la familia solo sirven para alimentar a mis hijos y a una mujer caprichosa.